Por Daniel Rodríguez Herrera

Filosofía y ética

Toda ideología se puede dividir en dos partes bien diferenciadas. La primera seria la de las ideas esenciales, que no cambian ni se alteran con el tiempo. La segunda serían las ideas accesorias, que emanan de las primeras y que resultan del intento de aplicación de aquellas a la realidad del momento. Éstas últimas pueden y deben cambiar, incluso desaparecer. Sin embargo, sin una base fundamental invariable es difícil que unas ideas permanezcan a lo largo del tiempo. En estos tres artículos escritos a modo de editorial me gustaría divulgar las ideas básicas del liberalismo.
Actualmente, los rivales y enemigos del liberalismo le ponen prefijos y lo intentan reducir a lo meramente económico. Sin embargo, el pensamiento liberal es mucho más rico y más amplio. Muchos de sus ideales han logrado imponerse como bases de la civilización occidental. Ese logro, sin embargo, permite que a menudo se den esas libertades y derechos por garantizados, proponiendo y practicando políticas e ideas que resultan incompatibles con ellos. Es, por tanto, tan necesario como siempre recordar qué es el liberalismo.

Ética
El ser humano no se conoce de otra forma que no sea la individual. No existe algo así como “el hombre colectivo”. Por ello, el liberalismo dirige toda su atención al individuo. El principio ético fundamental por el que se mueve un liberal es el concepto de libertad individual. Dando al hombre la libertad para dirigir sus asuntos nunca se llega a la igualdad de resultados, pero en esa disyuntiva los liberales preferimos la libertad.
Pero, ¿qué es la libertad? Tomando la famosa definición de Berlín, se puede estudiar desde dos perspectivas. La libertad negativa consistiría en la ausencia de obstáculos externos que impidan al individuo llevar a cabo sus propias decisiones. La positiva, por otro lado, en que la persona pueda disponer de la posibilidad de hacer con su vida cuanto desee. En el primer caso, se incide en la limitación del poder y en el imperio de la ley para evitar esas trabas. En el segundo, el poder se utiliza para proporcionar a cada persona aquello que necesite para realizarse. No es casi necesario indicar que los liberales preferimos decantarnos por la primera definición.
Un liberal no pretende cambiar al ser humano. El hombre es como es, con sus virtudes y sus defectos y, especialmente, con su egocentrismo a cuestas. Tenemos una visión restringida del mismo, por lo que no creemos que pueda crearse un hombre nuevo, y menos por medio de la coacción estatal. No es real, por tanto, el mito del “buen salvaje”, corrompido moralmente por costumbres e instituciones que destruyen su virtud primigenia.
Los hombres son como son, con una sociedad o con otra. Sin embargo, es posible aprovechar tanto sus virtudes como sus defectos en beneficio de la sociedad. Los actos de los hombres siempre buscan un resultado intencionado, pero a su vez provocan hechos no surgidos de ningún propósito consciente. Los hombres, buscando su propio beneficio, consiguen a menudo mejorar las condiciones de vida de sus semejantes. Ese es el principio en el que se basa el libre mercado.
Esto no quiere decir que el liberal no tenga valores, sino sencillamente que esta ideología no los impone. No pretende ser una cosmovisión totalizadora, que explique todos y cada uno de los hechos que suceden en el mundo, ni pretende imponer cada detalle de la vida de aquellos que se declaran liberales. Sin embargo, es cierto que entre ellos predomina una mezcla de tolerancia y de seguimiento personal de los valores que se han demostrado más útiles para las personas y las sociedades democráticas que éstas han fundado. En general, los más tradicionales, la familia, el trabajo bien hecho, la lealtad, el compromiso, la fidelidad, etc..

Epistemología
Las concepciones relativas al conocimiento también son restringidas. El conocimiento y la razón individual son insuficientes para tomar decisiones que afecten a toda la sociedad. Si, en muchas ocasiones, somos incapaces incluso de resolver nuestros problemas personales, ¿cómo vamos a pensar que podemos arreglar la vida de los demás con la pobre herramienta de nuestro intelecto?
Pero tampoco nos confundamos: un liberal confía en la razón, pero es también consciente de cuales son sus límites. Por eso, resulta absurda la pretensión de cambiar al hombre para que funcionen utópicos sistemas científicos de ordenar la sociedad. Como mucho, pretenderemos cambiar el Estado para que éste se amolde mejor a la naturaleza cambiante y compleja del hombre y sus sociedades. Hayek pensaba que existe una relación profunda entre la visión epistemológica de cada persona y sus ideas políticas. Es decir, no podemos decir si somos liberales por no confiar en el racionalismo constructivista o, por el contrario, al huir del constructivismo nos convertimos en liberales.
La complejidad de la sociedad humana siempre va en aumento, y resulta inabarcable para los intentos de dirigirla y planificarla con la limitada herramienta de la razón y el conocimiento humanos. De hecho, los intentos de hacerlo concentran tanto poder en tan pocos que desembocan periódicamente en crueles tiranías.

Política

Bajo el ideal de libertad y la convicción de las limitaciones del ser humano, la base de todo sistema político debe ser el respeto a esa libertad individual y la garantía de la igualdad de todos ante la ley.
Más allá de este punto, el poder empieza a tornarse en abuso y en ruptura con estos principios básicos. ¿Cómo es posible hablar de libertad cuando cientos de regulaciones y leyes obstaculizan el más inocente de los propósitos? ¿Cómo es posible hablar de igualdad ante la ley cuando dependiendo de nuestro sexo, ingresos, lengua, trabajo, etc., los poderes públicos nos tratan de forma distinta?
Siendo conscientes de la necesidad de ceder parte de nuestra libertad para garantizar una convivencia pacífica y fructífera, el liberal cree en el monopolio de la violencia por parte del Estado, en unas leyes claras, sencillas y comprensibles, en un ejército capaz de defender las libertades de agresiones externas, en una justicia rápida y lo menos arbitraria posible y en las garantías para que todos los ciudadanos aptos dispongan de un mínimo de recursos que les permitan competir en la sociedad.
Tocqueville señalaba que gran parte de las personas se debatían entre la necesidad de libertad y la comodidad de ser dirigidos en sus vidas. Por eso muchos se conforman con elegir a sus esclavizadores cada cierto tiempo. Eso no es suficiente para un liberal. Un ser humano puede llegar a ser más libre sin elegir a sus líderes si se respetan sus derechos a la vida y a la propiedad que en una democracia donde sólo escoge el encargado de robarle el fruto de su trabajo. Sin embargo, un sistema así es difícil que ser perpetúe. O se dejan de respetar los derechos o se llega a la democracia.
Pero democracias existen muchas y no todas son liberales. Es necesario que los poderes sean controlados y reducidos para que no esclavicen a los ciudadanos. Aunque no hay sistema perfecto, pues las personas no son perfectas, hay algunos mecanismos que permiten reducir los problemas asociados al poder. De ellos, el más importante es la separación de poderes.
En un estado, los tres poderes que nos gobiernan son el legislativo, el ejecutivo y el judicial. Una democracia verdaderamente completa debe mantener estos poderes separados. Los representantes de cada uno de ellos deben ser elegidos por cauces distintos y la relación entre los mismos debe limitarse a funciones de control. Porque la concentración de dos o más poderes nos lleva a la tiranía, como bien señaló Montesquieu.
Pero, ¿puede una democracia, aún asentada sobre esas bases, realizar cualquier cosa que el pueblo vote mayoritariamente? Muchos piensan que sí, pero resulta evidente que, por ejemplo, una votación pidiendo el exterminio de los judíos no es admisible por mucho apoyo popular que le sustente. Por esta razón, debe existir una constitución, escrita o legada por la tradición, con los principios fundamentales de un pueblo que ninguna mayoría pueda destruir.

Economía

Sin duda, las mayores críticas al liberalismo se centran en el liberalismo económico, también llamado capitalismo, acusado de cruel e injusto. Sin embargo, el capitalismo es una consecuencia lógica de la libertad individual. Y, al contrario que el socialismo, la teoría económica liberal no se basa en una creación de un fantástico sistema creado a partir de la nada. Se basa en la observación de las causas de la riqueza.
Hazlitt dividió las instituciones básicas de la economía capitalista en cinco, fuertemente relacionadas: propiedad privada, mercados libres, competencia, división de trabajo y cooperación social. Vamos a estudiarlas una a una, y ver su mutua dependencia.
Sin propiedad no puede haber libertad individual, pues coloca al colectivo que posee ese derecho (el Estado, la comunidad local) en posición de ejercer la mayor de las coacciones: el hambre. No es, tampoco, ninguna institución artificial, pues está imbuida en los instintos de buena parte de los mamíferos, nosotros incluidos. Además, es el mayor incentivo que existe para trabajar, como bien se ha encargado de demostrar el propio régimen soviético.
El libre mercado no es más que la libertad de cada uno de disponer e intercambiar como mejor desee su propiedad privada. Es inseparable de la propiedad privada; pues sin poder disponer de lo que es nuestro como mejor deseemos, ¿cómo podemos seguir diciendo que es nuestro? Las personas, escogiendo y consumiendo, forman a través de sus elecciones lo que se ha dado en llamar sistema de precios, que no es más que el resultado de millones de decisiones comerciales individuales.
En cualquier sistema de libre comercio las preferencias de los consumidores crean la competencia entre los productores. Éstos bajarán los precios y sus propios costes e intentarán aumentar la calidad de su producto, no de servir al público, sino de no ser echado del mercado por él y poder seguir obteniendo un beneficio. Algunos autores parecen considerar esto como una guerra despiadada entre compañías, pero es más aproximado compararlo con una pugna deportiva. De hecho, cuanto más mejora un rival en el mercado, más obliga a sus competidores a mejorar.
El recurso económico más escaso es siempre el hombre. Y para aprovechar mejor los recursos humanos está la división del trabajo. La mejora tecnológica y la existencia de dinero permiten a cada hombre realizar un trabajo más específico, compartiendo el producto del mismo con los demás, en lugar de dedicarnos todos a hacer de todo. El aumento en la productividad y la riqueza casi siempre puede estudiarse como un aumento de división de trabajo. De este modo, la agricultura y ganadería, casi la única actividad productiva durante la mayor parte de la historia de la humanidad, ahora emplea a una ínfima parte de los trabajadores en un país desarrollado. Esa fuerza de trabajo extra ha ido a parar a la creación de nuevos bienes y servicios que mejoran la vida de sus conciudadanos.
Por último, e inseparable del anterior, está la cooperación social. Es evidente que la división de trabajo no podría existir sin ella, pues ésta sólo es practicable cuando las personas pueden compartir el fruto de su trabajo. Además, permite que esa cooperación se produzca, no por el desinteresado amor hacia la humanidad que no cabe suponer en toda persona, sino por el propio interés. Esto lo hace más efectivo y realista.
En este punto, vamos a detenernos sobre el aserto inicial. ¿Es justo este sistema? Las críticas sobre él siempre se han centrado en la idea de que el propietario explota al trabajador y se queda con el producto de su trabajo. Esta idea se basa en el pensamiento de que todos deberían poseer lo mismo, en la igualdad de resultados. No obstante, dicha igualdad es incompatible con la libertad, pues obliga a un ente externo a “reasignar” recursos y repartir riqueza. Esto ataca a la misma base del sistema capitalista, la propiedad privada, y en consecuencia la productividad y la prosperidad que proporciona caen más cuanto mayor sea esa intromisión.Conclusión
He querido realizar esta introducción al ideario liberal desde un punto de vista ético. No obstante, muchos liberales realizan un enfoque opuesto, juzgando el liberalismo por su eficacia. Visto desde ese punto de vista, podríamos haber comenzado estudiando el sistema económico para terminar examinando los principios éticos, llegando a las mismas conclusiones. Ambas perspectivas son perfectamente complementarias. El libre mercado es éticamente superior a sus alternativas y la libertad individual es eficiente.

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