Articulo extraído del blog de Javier Capitán Elblogdelcapi:
 
 
 
 
 

Aunque yo estudié Ciencias Económicas, reconozco que ya no recuerdo nada de lo que estudié. Tal ves por ello, este mundo en el que vivimos me resulta de lo más extraño, de lo más incomprensible muchas veces. En la última semana, los desplomes de las bolsas han hecho que el patrimonio de muchísimas personas se haya reducido, en algunos caso de forma importante. Hoy no es raro que la gente tenga inversiones en acciones y, aunque no las tenga en forma de inversión directa, es muy probable que esté expuesto a los vaivenes bursátiles a través de participaciones en algún fondo de inversión o de pensiones. Por eso las turbulencias financieras acaban incidiendo en el patrimonio de muchísimas personas.

Se habla de que el desplome bursátil tiene que ver con el temor a una recesión. Sin embargo, son muchos los especialistas que coinciden en señalar que los indicadores económicos todavía están lejos de sugerirla y que, por tanto, la crisis financiera no es el reflejo de una crisis de la economía real. Si vamos a la génesis de lo que está pasando en los últimos meses, nos encontramos con esas hipotecas basura que proliferaron en los EE.UU., unas hipotecas que, seguramente, nunca hubieran superado los criterios de riesgo que aplica nuestra banca nacional. La concesión de créditos hipotecarios con unos altos niveles de riesgo tiene la contrapartida de unos tipos de interés superiores a los que se aplican a clientes más solventes y, de esa combinación, mayor riesgo-mayores tipos, se infiere claramente que la probabilidad de impago es notoriamente superior al de las hipotecas normales. La subida de tipos, evidentemente, hace que el riesgo de que haya impagados crezca espectacularmente.

La extensión de esta práctica por parte de entidades intermediarias entre los bancos y el cliente final, hizo que el volumen de estos créditos subprime excediera un nivel asimilable para el sistema financiero y con esos temores empezaron las primeras dudas de los mercados financieros, aunque nadie tenía del todo claro la magnitud del asunto. En la pasada semana, con la presentación de resultados de la banca americana, se pudo constatar que la magnitud del problema era grande y asistimos ya a una semana negra en las bolsas de todo el mundo. Además de ese efecto sobre los mercados financieros, la crisis de las subprime hizo que las entidades financieras revisaran el riesgo que estaban dispuestos a aceptar, lo que tuvo como efecto inmediato la restricción de crédito. Es decir, que ahora es más difícil obtener una hipoteca, que los bancos se piensan mucho dejarse dinero los unos a los otros (la famosa crisis de liquidez) y que las empresas ven endurecido el acceso al crédito.

Un proceso como ese tiene el peligro de que una mala práctica bancaria acabe trasladando una crisis financiera a la economía real y que, finalmente, todo ello afecte al crecimiento o al empleo. El endurecimiento del acceso al crédito hipotecario, por ejemplo,  está teniendo ya un efecto claro en el sector de la construcción, con pisos que ya no venden fácilmente, precios que empiezan a marcar descensos (lo cual no está mal), y con el consiguiente impacto negativo en el crecimiento económico y el empleo.

El otro problema adicional de una crisis financiera como la que afrontamos es su efecto en la confianza, sin lugar a dudas un factor capital en la marcha de la economía. Al dinero le gusta el marco de confianza, de la estabilidad y, cuando eso no se produce, se empieza a batir en retirada en espera de mejores tiempos. Por ello, nuevamente existe el riesgo de que lo que comenzó como un mal momento de los mercados financieros acabe haciendo que una recesión que parecía lejana, pueda acabar siendo real.

Todos los ciudadanos deberíamos tener derecho a iniciar una causa contra los que decidieron hacer su agosto con las subprime. Pero la mayor parte de ellos se irán de rositas con unos bolsillos capaces de soportar estas e incluso una mayores turbulencias. Así es este mundo global, en el que los tiburones de las finanzas acaban mordiendo el bolsillo del ciudadano

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